martes 24 de noviembre de 2009


Le explicabas al otro personaje, que podría ser tu reflejo sobre vidrio espejado de alta fidelidad, en qué consistían tus nuevos proyectos, tus nuevas intenciones, le manifestabas tu indignación, tu aburrimiento, también tu optimismo. Te callaste y creí sentir un sabor amargo en mi boca, a tres metros de distancia te sentí un sabor amargo en mi boca, y además el perfume de tu maquillaje denso. Tus cuatro décadas y alguna otra más sepultadas bajo capa aislante de pegote y desesperación. Tu pollera que dijiste color ciruela. Si comieras una ciruela de ese color te morirías de amargura. Era en realidad el conjunto de vos y tus alrededores lo que resultaba de una amargura mortal. Tuve miedo. No es que los años le hacen esto a la gente, técnicamente, y vale la pena decirlo bien, es que la gente es capaz de transformaciones de lo más inverosímiles si le das años. Tuve un miedo de amargura que venía arrastrando sin resistirme, pretendiendo que no era nada. Capaz que desde esa noche que hablaba con vos y yo era tu espejo. Decías que de ahora en más y que nunca y que siempre, todo lo que ibas a emprender y las precauciones y los hábitos que ibas a cultivar. Pensé en el poco alcance de tus nuncas y tus siempres, en el bicho en que igual te ibas transformando, pensé en que esto podría aplicarse a toda la humanidad, casi. A la mujer de pollera ciruela por fin empezó a hablarle su espejo, y su espejo resultó ser, más bien, una persona en pleno uso de sus facultades racionales que con mucha cautela le dio final al manantial cloacal que salía de su boca. Y, como si leyera mi pensamiento, o mi cara postura mirada y gestos, dijo un par de cosas con toda humildad, un par de comentarios casuales hechos solamente para proponer una alternativa saludable al manantial cloacal que salía de mi mente.

martes 17 de noviembre de 2009


Dos de noviembre, quince treinta horas, proliferan los árboles de navidad con todo su esplendor plástico. Se entrelazan en mal bosque, se empujan, uno permanece en equilibrio solidario con otros dos. Por si acaso visten gorros rojos en la punta, en lo que alguien habrá supuesto equivalente anatómico a la cabeza humana. Así da gusto caminar por esta ciudad. Dieciséis horas, llego y en la mesada hay un par de esos tés que él prepara con esmero al ras de la taza, sin margen para el error humano que él mismo tan internalizado tiene. Vuelca. Esos tés que hacen manchas acumulativas en una casa que se limpia poco, que en el mantel que mezcla frutas flores y cuadros fueron formando una geografía que me distrae. Esos tés. Tenemos una conversación inútil, inofensiva, la mejor que podía pasarnos. Posiciones de perros al dormir, cosas que te enterás por facebook, un tipo especialista en tela antiestática. Yo estaba ahí estirando una amistad que amenazaba gravemente con no tener excusa, con no tener sentido, yo estaba en eso y vos también, y a las diecisiete horas, a las diecisiete horas cero tres que tu reloj horripilante marcaba, hubo un blanqueo de la situación, un blanqueo que nadie llamó y que nadie necesitaba y que hubiéramos querido evitar, un blanqueo que se hizo presente por sí solo y tuvimos que recibirlo y nos encontramos abriendo los ojos y no pudiendo mirarnos y el sueño se nos pasó y la frivolidad y supimos que nos estábamos despidiendo, que este encuentro era más una despedida que un intento de fortalecer lazos y el blanqueo, como era de carácter telepático intuitivo paranormal, era como un ovni aterrizando en tu patio, se iba sucediendo a la vez que le poníamos un esfuerzo desesperado a la conversación de perros y navidades porque al final era mejor cuando éramos normales y nos aburríamos o no éramos interesantes o no teníamos sensaciones o éramos amigos, al final era mejor eso podés creer excepto en la retrospectiva de las veintitrés quince horas, comiendo hamburguesas en una borrachera feliz, blanqueada y humana.

viernes 30 de octubre de 2009


Subimos a la terraza a ver un corte de luz. Creía que ver un corte de luz era ver nada, resultó ser mucho más. Él llevaba un aparato iluminador que daba una luz blanca, tenue y sucia, que en esas circunstancias estaba muy bien. El paisaje de los techos, de la luna, me producía una fascinación que no esperaba. Un rato después bajaríamos y le haría probar el café una vez más, era un lunes odioso, una noche de verano infernal que con estos detalles se iba volviendo algo mejor. Estaba por irme pero el momento empezó a prolongarse, empezó a extenderse como pegajoso y era imposible escapar. Adopté una posición de descanso en mi bicicleta y él se sentó en un cantero. Casi no conversamos, se dio un silencio que parecía de autocontemplación. Tu expresión podría corresponder a la de alguien que sabe que su vida no va a cambiar drásticamente por ninguna cosa, ninguna, que no hay milagros, ni suerte, ni hadas, ni personas tan excesivamente inspiradoras por demasiado tiempo, alguien con esa decepción crónica eras, con una melancolía básica que es correcto aceptar. Pasó un auto con un personaje pelado conocido que nos saludó. En esa época ese personaje pelado era de mis preferidos y por eso este episodio me significó un entusiasmo momentáneo que me sacó el susto de mirarse uno tan adentro. Qué tiene este lunes de lunes. Hablamos del pelado. También quisiste hablar de tu propio personaje preferido y de su auto, había una anécdota. En eso surgió el capricho de que probaras de nuevo el café y entramos y de nuevo no te gustó, creo que para ese entonces el corte de luz ya había terminado. Cuando volvía pedaleando el esfuerzo que tenía que hacer era ridículo, el viento era de cálido a sofocante, me sacaba la energía peor que un desconocido psicótico hablándome de música en el colectivo, hablándome de música en idioma matemático en un colectivo con trescientas personas colgadas de los caños, me sacaba la energía. Qué tiene este lunes de lunes, qué tiene un lunes de lunes. Ya no era lunes, pensé, ya el reloj decía que era martes, ampliamente, y eso amagó con cambiarme las sensaciones. Qué engaño esto de los días de la semana, esto de las horas, qué engaño que al ser humano le encanta. Cuando se cortó la luz de nuevo y la calle se volvió una boca de lobo terrible que respiraba aire tibio y semipodrido, en ese momento oscuro y de baja presión, me amigué con el calendario, me amigué con la alarma del reloj que sonó por error como diciendo que qué importaba, si igual puede pasar cualquier cosa en cualquier parte.

martes 27 de octubre de 2009


Leyendo artículos de cómo funcionan los cerebros se me pasó hasta la más mínima intención de entender algo del tema. Desde afuera puede ser prometedor, leés los títulos y te imaginás el resto con palabras sueltas, con una asociación libre errónea que igual nunca podría convencerte. Y a medida que te metas el paisaje va a sufrir sus colapsos y vas a decepcionarte. De nuevo. Hay una ingenuidad arrastrándote hacia el horizonte, y si eso no estuviera creo que te morirías. Te quejás, pero las cegueras de la emoción podrían estar manteniéndote con vida. Aprendés que no ver es tan importante como sí ver, y empezás a lamentar lo mucho que te estropeaste. Es como lo contrario de la gente que dice que encontró a dios. Discutiendo sobre cómo funcionan los cerebros se me pasó la culpa, el cartón, el celofán, se me pasó el hambre, la sed, la voz se me puso gallinácea. De nuevo. Después revolvimos todos un poco para que cada cual encontrara su envoltorio, su material característico, y se volviera a abrigar. De ahí en más era cuestión de mantener la amabilidad de personas que no se conocen, las cortesías, seguir unas pautas mínimas hechas para que después no haya rencores. Empiezo a valorar las cortesías, empiezo a valorarlas desmedidamente. Son difíciles las cortesías, requieren un esfuerzo, una atención que ponés porque las personas te importan. Y si no te importan entonces no te tomás ciertos trabajos. Ese es el cálculo del cerebro, así funcionan los cerebros, sacan sus conclusiones sin que lo sepas, hacen balances de lo poco que te importo los cerebros, de la energía insumida los cerebros en todo lo que no valió la pena, los cerebros, no es gratuito los cerebros, no te permiten ser un ser desinteresado, ser un ser los cerebros, machacan hasta que te acartonás, hasta que te vestís de celofán rojo y no sabés por qué.

jueves 15 de octubre de 2009


Sacás la radiografía del sobre y la ponés a contraluz, miramos durante unos segundos y caés en que está al revés, la das vuelta y seguimos sin entender qué es lo que se pudre en tus pulmones. Al fin doy con algo sospechoso. No tengo idea de cómo interpretar una radiografía pero doy con algo sospechoso. Reprimís un comentario que igual se ve patente en tu cara. El mal recurrir a la intuición para resolver matemáticas, anatomías, ingenierías hidráulicas, el placebo de cuando te jode la ignorancia, me dice tu cara. Discutimos. La intuición está hecha de prejuicios y lógica imperceptible, inconsciente, no es una magia que te avisa que te está por pisar un auto, que el señor a tu derecha es una eminencia del deporte, sucede que en tu cabeza hubo un cálculo que dio bien. Hacés una pausa y tu ceño fruncido me recuerda al de la vieja que hoy al mediodía luchaba contra un viento que la indignaba. Aprovecho y te demuestro mi disconformidad con una mirada de que sobrás, de que el mundo no te necesita para nada en absoluto. Esto te enciende y necesitás expresarte más y más. Necesitás hablar de tu hartazgo para con la gente, la gente que intuye, la gente que acostumbra intuir lo que quiere que le pase, todo el tiempo intuyendo lo mismo, con la menor creatividad posible, con el menor esmero racional. Como cuando te cruzás por la calle a tu compañero del curso de reconocimiento de ascomicetes ese compañerito que te hacía calentar y te distraías en el curso de reconocimiento de ascomicetes y te lo cruzás y al final no era, era un pibe horrible con cara de caballo, creo que el ejemplo que te di no viene tan al caso pero es la misma parte de la mente involucrada, la misma porción cerebral no sé si física o qué que hace ese tipo de trabajos de intuir repetitivamente lo mismo y focalizar dentro de unos límites determinados, en una fracción muy estrecha y pobre del universo, y entonces cuando finalmente pasa lo que esperabas te creés psíquico y te creés feliz. Ceño de vieja. Compañerito. Cómo quedaste con este tema del compañerito. Y te digo que sí pero basta, pero otras cosas, no solamente eso, y quiero que te calles y dejes de dar ejemplos y dejes de hablar con ese vocabulario histérico por favor, yo digo que son tus pulmones ahí enfermos, sos vos ahí en un plástico y estás en problemas y hay que encontrar algo sospechoso, algo culpable, más vale que superes esta etapa de negación ingenua y encontremos algo de lo que se pueda armar un muñequito vudú para pinchar y pinchar toda la noche.

jueves 8 de octubre de 2009


Ese perro es inmortal, igual que el viejo que pide limosna en la puerta de la librería la porteña, fijate que tienen los mismos ojos, son inmortales y se les nota en los ojos. Aquel día que mi hermana casi muere pisada por una camioneta el perro estaba ahí sentado y mirando inmerso en una paz insoportable, en una paz animal incomprensible, y eso fue lo último que vi antes de desmayarme. Cuando desperté mi hermana estaba bien, hablaba con mi tío y yo creí que estaba soñando. Él se acercó, su cara con los rasgos transpirados, estirados en faceta nueva, él pasaba casualmente y se encontraba con un accidente de su sobrina que no reconocía como tal en el momento, me explicó, su cabeza no quería saber, le filtraba unos datos y él entonces se topaba con una persona principalmente anónima teniendo un accidente en la cámara lenta característica de estos casos, en el vértigo de irrealidad que hay que volver real forzosamente. Mi tío estaba en un flash verborrágico así y yo despertaba justo para ver cómo el perro se iba con la cabeza baja, como un humano. Emprendimos un recorrido caótico para informar a la gente pertinente. Muy raro, a veces en auto y a veces a pie, mi tío corrió un tramo también, tratábamos de contener el shock. Él explicaba y yo miraba tomando cierta distancia, me entretenían las reacciones, cómo la cara de mi papá cambiaba de color y la respiración aceleraba el ritmo. Mi tío no dejaba de enfatizar que todo estaba bien, que no pasó nada, la dejamos en tu casa para que se calme y el plan es ir al hospital a sacar unas radiografías para que todos quedemos tranquilos. Quién puede estar tranquilo si le dicen eso. Muy raro. Después mi tía entró llorando en un escándalo feliz e innecesario. Nadie reparaba en mi estado culposo, a nadie se le ocurría pensar que si se moría era mi culpa. Yo la estaba acompañando a su destino en carácter de adulto responsable, para que no la pisara ningún auto ni nada. Le pintó cruzar la calle corriendo y te confieso que a mí casi también. No sé qué me detuvo. Y el perro lo vio todo y se transformó en algo paranormal, algo que me da miedo y admiración. Ayer lo crucé, estaba tirado, su pelaje como el de una bestia alienada de zoológico, boca entreabierta y lengua asomando, decadencia absoluta. La inmortalidad ya le está quedando mal a este perro. Entendí que este perro no es inmortal, es un perro viejo, achacoso, de ojos celestes que no significan nada y que no ven bien. Es un perro que tuvo superpoderes por un capricho mío, y ahora no los tiene más y es un poco decepcionante.

jueves 17 de septiembre de 2009


Otra vez contaba sus desventuras a una audiencia incómoda, distraída en el mejor de los casos. Repartía entre los presentes pedacitos de la bola descomunal de miseria que le crecía adentro. Todo lo que le pasa, la cantidad de situaciones tristes que debe atravesar van formando la bola en ese presunto adentro, y tan prolijita puede verse desde afuera. Se siente especial. Es especial, ninguna duda. Quién no es especial. Pero necesita de otros para sentirse especial, necesita entes grises desdibujados semifelices y estables para ejercer su especialidad. Y la audiencia se va poniendo gris y desdibujada, la audiencia sospecha que quedó en el rol de los semifelices y los estables, la audiencia empieza a tener problemas con ese rol y se va poniendo roja, verde, empiezan a gestarse bolas de miseria, las dejan ahí listas para salir, cerca de la boca. Y se arma un deporte con las bolas de miseria, un partido de algo, en que todos se golpean y tragan miserias ajenas y hay goles y no hay muchas reglas. Después el escenario queda rotoso, irrecuperable. Llegan otros entes con sus respectivos colores y ven que se sucedió una cuestión de bolas de miseria, que hay un desorden y nadie se hace real cargo. Y se preguntan si habría sido necesario el desparramo. Y reflexionan sobre la miseria propia de cada individuo, de la miseria que llevás adentro y la que llevás afuera, de lo mucho que te quejás. Y visualizan el aire podrido del mundo en el que flotan las miserias individuales de toda la humanidad. Se angustian con esta contaminación, le ponen una etiqueta provisoria para poder darse cuenta de lo mal que les vino pegando durante toda su vida. Y se quejan.